¿QUÉ ES EL "LOOKSMAXXING", LA TENDENCIA DE MODA DE TONIFICAR AL MÁXIMO EL FÍSICO MASCULINO?


En un aula de tercer año de secundaria, las conversaciones ya no giran únicamente alrededor del fútbol o de los videojuegos. Entre los pupitres empiezan a circular otros términos: prote, creatina, ciclar, pinchar, reps, sets, gains. 

Palabras que hace apenas una década pertenecían al vocabulario de fisicoculturistas adultos, o de foros especializados hoy forman parte del habla cotidiana de chicos de 13 o 14 años. Donde antes había varones obsesionados con el rendimiento deportivo, aparece ahora otra preocupación: la hipertrofia, el porcentaje de grasa, la forma del pecho, la mandíbula marcada.

El cuerpo masculino adolescente se volvió objeto de cálculo, disciplina y perfeccionamiento. Dietas hiperproteicas, suplementos, rutinas obsesivas y un seguimiento casi científico del progreso físico forman parte de un nuevo paisaje escolar. 

El interés por el deporte, la destreza o la fuerza parece haberse desplazado hacia otra dimensión: la de los resultados estéticos. La delgadez, el desarrollo de la masa muscular o la definición del cuerpo ya no son solo consecuencias del entrenamiento, sino objetivos en sí mismos.

¿Se trata apenas de una moda fitness amplificada por las redes sociales? ¿O detrás de esta nueva cultura del cuerpo reaparecen los viejos trastornos de la conducta alimentaria, ahora democratizados a todos los géneros?

Pero antes de continuar, quienes no hayan tenido la dudosa fortuna de caer en estos recovecos de Internet necesitarán un pequeño glosario. Lo que sigue está plagado de espanglish, jerga de nicho y neologismos tan absurdos como involuntariamente hilarantes:

Mogging: Proviene de MOG (forma acortada de Alpha Male Of the Group), situación en la que una persona supera claramente a otra en algo, sea por el atractivo físico, la presencia corporal o el estatus. “Moggear” a alguien implica “dominarlo” visualmente. 

Mog se usa como sufijo, pudiendo formarse Framemog (si uno tiene una estructura corporal vista como claramente superior por la altura, el ancho de hombros, tamaño de la caja torácica), Statusmog (si uno supera a otro por su posición social, su dinero, fama o popularidad) o incluso Jestermog (si un hombre poco atractivo consigue llamar la atención siendo gracioso o, literalmente, haciendo de “bufón”).

Maxxing: Sufijo que se aplica a la maximización de algo. Así se desarrolla la idea del looksmaxxing (la optimización extrema del atractivo físico), hardmaxxing (el conjunto de métodos considerados extremos como cirugías faciales, uso de hormonas, modificaciones corporales invasivas o intervenciones médicas para alterar rasgos físicos), softmaxxing (estrategias de mejora física consideradas más accesibles o menos invasivas, como ejercicio, dieta, cuidado de la piel, estilo de ropa, corte de pelo o mejoras en postura y lenguaje corporal).


LOOKSMAXXING Y RUTINAS EXTREMAS:

En este nuevo ecosistema en el que el cuerpo se vuelve proyecto permanente de optimización aparece la figura de Clavicular, alias del joven estadounidense Braden Peters, un streamer de apenas veinte años que en los últimos años se volvió una referencia dentro de la cultura del looksmaxxing. 

Este submundo online que últimamente ha comenzado a girar obsesivamente alrededor de una búsqueda por maximizar la apariencia física a través de rutinas extremas de gimnasio, suplementos, intervenciones corporales y un lenguaje propio que mide la belleza masculina en términos casi matemáticos: proporciones faciales, ancho de hombros, ratios craneales o porcentaje de grasa corporal. 

El propio nombre con el que Peters se hizo conocido remite a uno de esos indicadores: sus clavículas particularmente anchas, consideradas dentro de esa comunidad como una señal de estatus físico y atractivo.

Desde plataformas como Kick, TikTok o X, donde acumula cientos de miles de seguidores, Clavicular convirtió su dismorfia corporal y disciplina extrema en contenido monetizable, mezclando narrativas de superación física con provocación y discursos adyacentes al incelismo. 

Para algunos, su figura funciona como una advertencia sobre los excesos de la cultura de la “manósfera”; para otros, representa un modelo aspiracional de masculinidad. En cualquier caso, su ascenso viral en los últimos años lo transformó en un símbolo de un fenómeno más amplio: la creciente centralidad de la apariencia masculina en la vida digital de millones de adolescentes. El fantasma de los blogs pro-mia y pro-ana de los 2000s se ríe a carcajadas.

¿Qué es el “looksmaxxing” después de todo?, la moda de varones flacos y tonificados al extremo.

Durante décadas, los desórdenes alimenticios fueron pensadas casi exclusivamente como un problema femenino, lo que contribuyó a invisibilizar su presencia entre los varones. Sin embargo, en los últimos años ellos también han empezado a apropiarse de estas lógicas, desarrollando formas propias —particularmente entre la generación Z— en las que la vigorexia y la ortorexia ocupan un lugar central.

Clavicular tiene 419 mil seguidores solo en IG y llegó a la pasarela del New York Fashion Week como exponente del looksmaxxing (Imagen Web)
En un aula de tercer año de secundaria, las conversaciones ya no giran únicamente alrededor del fútbol o de los videojuegos.

 El mismísimo Clavicular ha revelado haber llevado a cabo varias de estas prácticas. En distintas entrevistas afirmó haber recurrido a consumir metanfetaminas para suprimir el apetito, golpearse el rostro con un martillo con la idea de que los huesos volvieran a crecer con ángulos más marcados, y realizar lo que llama “dick-ups”, colocando pesos sobre el pene para aumentar su grosor y la fuerza de la erección. 

Según su propio relato, comenzó a inyectarse testosterona a los 14 años, comprada por Internet y sin ningún tipo de supervisión médica ni parental; y hoy sostiene que esa práctica podría haberlo dejado infértil. Resulta una paradoja injusta que alguien que ha experimentado tan intensamente con la farmacología del género probablemente nunca se detenga a leer Testo Yonqui, de Paul B. Preciado: un libro que, pese a todo, podría resultarle sorprendentemente familiar.

Por un momento, siento incluso una cierta empatía por Clavicular y los looksmaxxers: imaginen crecer convencidos de que la validación social, el amor o el deseo están reservados para unos pocos privilegiados; que la genética ha dictado sentencia desde el inicio y que el propio cuerpo es una condena a una vida de frustración y soledad. El momento de empatía, sin embargo, dura poco. Basta recordar que ese fue, y aún es, el horizonte cotidiano de millones de adolescentes mujeres: cuerpos sexualizados desde muy temprano, evaluados, comparados y disciplinados en función de estándares estéticos imposibles.

Irónicamente, estos espacios de reafirmación masculina terminan girando menos alrededor de las mujeres que de la competencia entre hombres. En el fondo, el objetivo no es tanto seducir como dejar de ocupar el lugar del “beta”: ascender en una jerarquía de estatus frente a otros varones.

 El resultado es una cultura obsesionada con medir cuerpos masculinos con una minuciosidad casi erótica. Una rivalidad estética permanente donde el cuerpo del otro se convierte en el verdadero objeto de escrutinio. 

En ese espejo infinito de métricas, rankings y comparaciones, la masculinidad digital termina revelando algo inesperado: detrás de su retórica de fuerza y dominación se esconde una profunda ansiedad corporal. ¿Es esta la igualdad que buscábamos las feministas?

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